Categoría: Granadinas
23 Marzo 2006
Miss K.
Estamos esperando la salida del avión a Madrid. Saboreo aún los motetes para soprano de Mozart que hemos escuchado ayer gratuitamente en la Capilla Real de Granada. Una de las Arias decía:
Aspira a las cosas de cielo,
Huye de lo terreno,
No te preocupes del resto,
Pues en verdad nada es.
(Quaere superna
fuge terrena,
non curare reliqua,
nil enim sunt.)
Me pregunto si esa concepción del cielo y de la tierra, absorbida en sermones y cánticos en mis tiempos de acólito me alejó equivocadamente por tantos años del trato con niñas y mujeres.
Volteo a mi izquierda conociendo el terreno y ahí está Miss K., la brillante soprano que ha interpretado anoche a Mozart. Platica ahora con un par de jóvenes sentadas a su lado. Se me antoja ir a pedirle un autógrafo, pero me asaltan los mismos temores que de niño en la primaria, para aproximarme a conversar con una niña. A punto estaba de pararme para abordarla, cuando intensifica su charla con las vecinas. Sigo sentado, reprimiéndome las ganas. Me animo y enseguida me detengo, con la vana idea de que ya habrá tiempo en el avión para aproximarme a ella. Me corrijo: puede quedar tan lejos de mi alcance o meterse en otra plática, o dormirse allá arriba. Mejor me le acerco de una vez. Me reanimo: ¡es ahora o nunca!
-Miss K., ¿puede darme por favor su autógrafo? ¡Su actuación de ayer fue espléndida!
Ella resulta afable, hasta platica que durante el descanso del concierto le dio tiempo de admirar los cuadros centenarios de la capilla. Ahora va a Copenhague para su siguiente presentación, y de ahí a Inglaterra. Su delicada voz no anuncia a una soprano. Le agradezco, regreso a mi asiento censurándome con energía las dudas que tuve antes de acercarme a platicar con esta amable mujer. Prometo ser más valiente la siguiente vez, no me han de matar por intentar una plática. Festejo el éxito logrado con la segunda Aria del concierto: Exsultate, jubilate, ¡exultad de júbilo, vosotras almas felices!
Hemos subido al avión, todo mundo se acomoda, despegamos. Volteo buscando a Miss K. Se ve apenas su cabellera rizada y para mi gran sorpresa, el asiento a su lado se vislumbra vacío. ¡Tengo que ganar confianza en mí mismo platicando con una artista tan afamada como sencilla!
Preparo antes de pararme la primera pregunta, ¿qué tan complicado es para una soprano andar de saltimbanqui? Me levanto y casi llego hasta ella, cuando la veo respirando oxígeno, sin posibilidades de conversar……….
Regreso a mi asiento con la confianza hecha trizas, y las mismas dudas que tenía a los once años, para iniciar una plática con una compañera.
Me malaconsejan persistentemente los versos:
Quaere superna
fuge terrena,
non curare reliqua,
nil enim sunt.
Miguel
Granada, 9 de marzo de 2006.
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23 Marzo 2006
Por el límpido aereopuerto de Granada
Entre galanes que vuelan a Madrid
Atrapado presumo, sin saberlo
El pantalón, dentro del calcetín.
Qué más dá, si voy cantando
La zambra gitana que aprendí.
Miguel
9 de marzo de 2006
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23 Marzo 2006
Al quinto día de viaje, sin haber platicado con una persona conocida, me digo “buenos días” al momento de despertar. Luego me contesto “muy buenos días”.
Que lo haya hecho una vez, me sorprendió. Pero el que me haya contestado me dejó con mucha preocupación, más por no tener espejo al frente y apenas a unos cuantos días de salir de casa. ¿Cómo andaré (¿o seré?), que una soledad pasajera me iguala a los ancianitos de las calles y autobuses de Nueva Orleáns, que platicaban animados consigo mismos? Entonces, al verlos quería explicar un fenómeno ajeno, novedoso y lejano.
Ahora sé que se asoma desde esta garganta. Pronto me libera saber que en unos días estará mi familia y amigos para ahuyentar a ese hablador fantasma, al que le rechina la dentadura por las noches.
Miguel
Granada, 9 de marzo de 2006
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23 Marzo 2006
Pasando la Medina, junto a lo que fue un barrio de alfareros y carpinteros, se yergue un precioso árbol en blanca flor, con fondo verduzco de cipreses y el amarillo-rojizo característico de la Alambra.
Casi bajo su insinuada sombra, reposa en una banca una ancianita de por lo menos ochenta y cinco años. Intrigado por el nombre del incomparable árbol, le pregunto en castellano si me lo puede decir. Contesta en un inglés británico: I´m not from here. Insisto ahora en inglés.
Contesta en su lengua: por allá le llamamos almond. ¿No es hermoso? Le contesto que me encanta, nunca había visto uno así, tan aparentemente delicado pero con una fuerza de atracción que me obliga a contemplarlo desde varios ángulos, casi con reverencia. Ahora es ella quien plantea su necesidad vital, con un dejo de intranquilidad: mis parientes no han regresado por mí, ¿será ésta la única salida?
Es mi primera visita a este paraíso terrenal, ignoro sus entradas y salidas, pero su temor no me deja otra que soltar una mentira piadosa: sí, ésta es la única salida. Añado de inmediato: pero no se preocupe, si a mi salida no han regresado por usted, me la llevo volando a México, allá vivirá usted conmigo.
Suelta una agitada risita de anciana, y sigue la broma de que entonces me espera.
Despacio, resistiendo, mirando hacia atrás, me alejo del almendro en flor, que afortunadamente Elisa, una bella italiana, ha atrapado en dígitos y compartido con nosotros. Regreso a mi tierra con este almendro andaluz y el recuerdo de una abuelita que se me fue.
Miguel
Granada, 8 de marzo de 2006

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23 Marzo 2006
Hans Memling, artista holandés de la segunda mitad del siglo XV, pintó al óleo el cuadro titulado Las Santas Mujeres, que rodean a la Virgen María en pena. Entre ellas está pintada a la extrema derecha, Nely, mi contemporánea sobrina de Tanquián (SLP, México), mostrando su recatada belleza en la capilla de los reyes católicos de esta nueva Babel, Granada. Al año, centenas de miles de personas provenientes de cualquier parte del mundo, contemplan murmurantes tan exquisita pieza de arte, admirándose en todas las lenguas. Ella sigue estando también aquí, entre nosotros, seis siglos después, invitándonos ahora a celebrar la alegría.
Miguel
Granada, 5 de marzo de 2006
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23 Marzo 2006
Huyendo del frío que rayó por momentos en hojuelas de nieve, camino titiritando por la calle Puentezuela. Solitario, en la esquina de la Placeta de Nuestro Padre Jesús del Rescate, toca un acordeonista cierta melodía francesa, sin un alma que se pare a escucharlo. Paso a su lado y sigo de largo tres o cuatro pasos, pero entonces una voz interna me detiene: ¡escúchalo un momento¡, ¡acompáñalo!.
Me recargo en la pared de la iglesia para protegerme un poquito del frío, sacando apenas los ojos de la capucha para verlo. ¡Es la felicidad risueña mientras toca! ¡Es todo paz y gozo!
Sus manos acarician un acordeón Hohner de antaño con teclas de marfil, que le responde alegre a sus cambios de ritmo, a sus agitados tangos y a sus acompasados valses.
Estamos solos en la calle vacía. Toma un descanso para platicarme en su castellano de principiante, que en esta ciudad es raro que la gente se detenga a escuchar a quien no toque flamenco. Se siente más confortable hablando en francés y ahora dice que no le importa tanto regresar con poco dinero a su casa, como volver con el profundo dolor en el corazón cuando nadie se ha dado unos momentos para escucharlo. Pregunta con extrema dulzura: ¿Por qué no amar la música, toda la música? ¡Debemos ser cultos y disfrutar todos los géneros!
Leonel se llama este músico búlgaro que derrocha pasión, papá de una niña que lo espera a comer -a lo que ahora es para mí- una tibia tardecita de domingo.
Miguel
Granada, 5 de marzo de 2006
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23 Marzo 2006
A las cuatro de la tarde, después de haber subido y caminado un par de horas admirando la arquitectura del barrio morisco de Al-bayzín (mi casa o casa blanca), sin haber desayunado, se me antojó acallar el hambre con unos boquerones o bien unos cayos cocinados por granadinos. Pido los boquerones con saliva entre las quijadas, pero me aclaran que se pasó la hora de platillos a la carta. Pido entonces los cayos y me remarcan que tampoco hay raciones después de las cuatro. Estando en una taberna, no me queda otra que pedir una cerveza de entrada, sospechando que de tan inflexibles me servirán otra cheve de platillo principal, y las demás de postre.
Me siento de cara a la puerta de salida. Me entregan una cerveza Cruzcampo, y a solas brindo por mis comadres y compadres. Al levantar la copa, veo a mi lado un muro casi lleno de fotos de equipos infantiles, juveniles y profesionales de futbol, firmados por estrellas de las patadas, algunos patrocinados por el dueño del bar. Enseguida cuelga una televisión apagada. Pasan de las cuatro, está la final de tenis entre Federer y Nadal y estos granadinos en lugar de verla, reservan la luz para los partidos nocturnos del Real Madrid y similares panboleros.
Como discípulo de mi compadre Armando (¡salud!), veo una oportunidad para ganar o perder una cerveza, que a eso bajamos a la cancha o subimos esta loma, con riesgo. Lanzo mi anzuelo preguntando discretamente a la mesera si pueden encender la televisión, pues el mallorquí Nadal juega la final de tenis de Dubai. Ella a su vez pregunta parcialmente al patrón si se puede encender la tele, por lo que aclaro de inmediato que es Nadal quien está brillando, sin mencionar a Federer, mi favorito. Convenzo con ese gancho al mandamás y ahí toma otro giro el ambiente del bar.
Primero se interesa una cliente ex-tenista que desde la barra botanea sus “tapas”. Luego un par de parroquianos. Más adelante el mismísimo patrón y su socio. Entre comentarios de aquí para allá y de allá para acá, me van enseñando cómo se dicen las jugadas de tenis en España. Gana Federer el primer set, manga dicen ellos. Les aliento recordándoles a mi pesar que yendo abajo le ganó a Federer la final del masters el año pasado. Ahora me ofrecen el plato principal, otra cerveza acompañada de una tapa (¡salud esta vez por mi compadre el Sha de Al-tavista!). Segundo set, 4-4, punto para rompimiento, para saque dicen ellos, Nadal se va arriba y gana después la segunda manga.
Esa alegría colectiva me vale un postre de cerveza, ¡ahora a cuenta de la casa y “puesta en obra” con su tapa! (¡resalud!). En eso da la hora de cerrar la pulpería. No vale el suspenso del marcador, ni la gran casta que está sacando Nadal venido de menos a más. A pesar de ello nos mandan cortésmente a todos a la calle.
Allá Federer y Nadal que batallen, yo salgo triunfante con mi cheve ganada a pulso, para bajar zigzagueante la cuesta de Albayzín sintiéndome un alarife de tiempos de emires, visires y califas, de esos que han dejado su alba y milenaria huella, ornamentada con azur-bermejo.
Miguel
Granada, 4 de marzo de 2006
servido por Miguel Angel
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