Bajando del metro de Madrid para dar mi único paseo por el centro, busco con ansia un restorancito para comer caliente por primera vez en cinco días ajetreados. Ahí está anunciado un cocido madrileño, especial de los jueves en una taberna, a la que me cuelo con hambre.
Lo pido en la barra para admirar la exhibición de piernas ahumadas, pero me mandan a comer al fondo, donde se sirven las comidas de medio día. Voy para allá desilusionado por perder el paisaje de carnicería añeja, pero con la esperanza de lo calientito. Me sientan en una pequeña mesita para dos, con bucólicos óleos que observo mientras traen mi platillo. Oigo a mi lado a una joven pareja, ambos con un inglés que no me suena de ellos. Pruebo el juego de las novelas de John Le Carré, en que ensaya según el acento del hablante, posibilidades de origen. Esta bellísima joven tiene acento de eslava, por como canta al final sus palabras. El joven, todo un vikingo, pronuncia muy claras las vocales, su inglés no es el gutural de un británico. Pelo y barba son muy colorados, como en una película de Bergman, puede ser un nórdico. Llega mi cocido en un gran plato, y en eso empiezan entre ellos a platicar de ricas comidas mexicanas. Es el momento de intervenir.
Agradezco su manera de referirse a mi país regalándoles a cada quien su separador de libros de amate, pintado por indígenas guerrerenses. Lo chulean, entrando a conversar con ánimo. Me aclaran de dónde son: rusa ella, él sueco. Se han citado en Madrid por una semana, de aquí viajan a Valencia, buscando como tantos jóvenes del mundo alguna ciudad que les brinde opciones para hacer realidad su sueño de vivir juntos. Andan en los veintitrés años. Pasamos a las cosas más comunes. El es Mikal, Miguel, de Malmo, ¡donde vive Pepe Molina!, el citado en la Caja para hacer amigos. Ella es Evelina, radicada en Moscú. Me cuenta un chiste que circulaba en su ciudad a mediados de los noventa, cuando entraron las primeras telenovelas a Rusia después de la caída del gobierno soviético, por cierto mexicanas.
Está un vendedor ambulante de casets y discos piratas, tendidos sobre el suelo en una calle de Moscú (pensemos románticamente en la de Arbat, preferida del cantautor B. Akudyava). Llega un grupo de jóvenes tan fortachones como mafiosos de los que se apoderaron por entonces de los barrios moscovitas. Unos empiezan por hacer montoncitos con su mercancía para robársela, mientras otros lo atrapan para golpearlo y quitarle el dinero. En eso uno de la mafia ve su reloj y grita con espantado apuro: ¡son ya las siete!, ¡es hora de la telenovela mexicana! En concierto, arranca volando toda la pandilla mafiosa para verla, mientras el humilde vendedor ambulante recupera toda su mercancía, y salva el pellejo.
¿No es ese el final más feliz de una telenovela mexicana?
Miguel
Madrid, 9 de marzo de 2006
