Categoría: Miembros de mi familia
16 Enero 2008
Celina y una amiga potosina visitaban La Paz, Baja California, por allá en los setentas y preguntando aquí, indagando allá por el Fideo, dieron finalmente con la cabaña del Encantu, como Pitita había rebautizado para la posteridad a Rico Ayala.
El primo las paseó en su troca por los mejores panoramas de La Pa ´, por el Coromue´, por Pichilingue y por aquellas hermosas "colinas del Sur, junto a las playas del mar Bermejo", tal cual deliciosamente anunciaba un locutor local de entonces. Las paseó hasta que creyó haberlas cansado, disponiéndose por su parte a ir a trabajar después del mediodía. En eso ordenó como General celoso:
- Se quedan aquí en la cabaña y no se les ocurra usar la troca. Me esperan para salir juntos a pasear.
Al retirarse, por si la indicación no estaba clara, alcanzó a repetírselas apuntándoles con el dedo índice, inclinando la cara y con la ceja erguida.
Ellas, echando la cabeza para atrás, por supuesto que le dijeron "¡cómo crees!", y por supuesto también que cuando la troca les hizo ojitos, decidieron arriesgarse a desobedecerlo, en especial por el modo de su insistencia. Tomaron las llaves de la troca y ahí van montadas de aventura secreta a buscar a la parvada de paceños que poblaba el Coromuel.
Llegaban a ese hermoso paseo cuando extrañamente sintieron como que desde el cielo, un rostro irascible de ceja erguida se les inclinaba, que un dedo con firmeza las señalaba, sensación que las forzó a orillarse, parar la troca ylevantar la vista al cenit. Ahí,desde medio cielo, provenían unos poderosos gritos que les recriminaban: "les dije que no la tomaran, se me regresan de inmediato a la cabaña con todo y troca".
Electrizadas, descubiertas in fraganti por el omnipresente instructor de paracaidismo acuático apellidado Ayala, con la amenaza de un castigo celestial que les pesaba sobre los hombros, ahí van de regreso las amigas potosinas, sin haber enseñado sus bikinis más que a los no tan jóvenes asientos de aquella tentadora y condenada troca.
Miguel, diciembre 30 de diciembre de 2007
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16 Enero 2008
A como lo describen nuestros parientes memoriosos, el tío Lupe Izquierdo Vivanco era, además de exageradamente empedernido, todo un galán. Gustaba vestir traje gris, camisa blanca, vistoso sombrero Tardán oblicuamente colocado, que en conjunto le daban elegancia a su delgadez.
Su figura era fugaz, no paraba de moverse de un lado a otro, nervioso, ágil y acomedido.
Visitaba en esa ocasión al Coronel Cipriano y a Aurorita, en la casa de Av Juárez de SLP, en tiempos en que no salían de ese cascarón sus hios Rafa y Nacho.
Diariamente, tempranito a las 6:30, el muy coqueto tío Lupe se ponía su traje y salía “a gatear”, como se le llamaba entonces al deporte nacional de chulear a cuanta empleada doméstica de buen y regular ver barría las banquetas embaldosadas sobre la Calzada de Guadalupe.
Aquella vez hizo otro tanto tío Lupe: se puso su camisa, su saco, y se acomodó el sombrero a su muy peculiar estilo, de barco a la deriva. Salió de conquista y muy cerca, a media cuadra, encontró a la primera joven en edad de merecer sus melosas proposiciones. Ella estaba de espaldas, entretenida con la escoba sobre las canteras rosas. Le lanzó su mejor anzuelo: “de la mano de una hermosa como tú cualquiera me envidiaría caminando por la alameda; paso por ti al anochecer, ¿qué te parece?
Volteó la doncella a verlo y con incontenida risita medio oculta entre sus manos, dejó caer la escoba. Eso obligó al tío Lupe a buscar en su cuerpo el origen de tan obvia burla.
¡Había salido sin pantalones de la casa! ¡¡Sus rayados calzones era todo lo que cubría unas flaquientas piernas de fideos!!
En un par de zancadas de gamo balaceado llegó de regreso a casa del Coronel, sin voltear para nada, como mula con ojeras, no lo fueran a ver otras vecinas. Tocó la puerta de fierro y desde la ventana superior, lo divisaron a escondidas Rafa y Nacho. No por eso le abrieron, haciéndose un buen rato los ángeles dormidos.
Dicen que de ahí salió el dicho: “ para aprender a gatear, uno se ha de preparar”.
Miguel, 27 de diciembre de 2007
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31 Agosto 2007
Es de noche. En la casa de Pianís, él mismo se ha mandado con quizás cuatro o cinco tandas de pláticas entreveradas, casi monólogos por su necesidad de expresarse, durando cada una de media a una hora. Su voz en ellas ha sido de maestro ante grupo grande de salvajes bachilleres. Entre una y otra tanda, ha combinado con múltiples intentos físicos de irse a su casa, por la tarde o entrando la noche, apenas detenido por descubrir que su Pita, estaba en los alrededores. “¡Hace mucho que no te veía!”, le dice feliz de encontrarla, robándole un beso en la frente. O bien le dice, muy sorprendido: “¡no sabía que aquí vivías!”, pero invitándola a irse con él. Sólo le detiene que es de noche, aceptando nuestro cuento de que no hay autobuses a esta hora. Acepta finalmente, después de mil argumentos, que será mañana cuando se vaya a su casa.
Cansado mucho más que él, me dispongo a presionarlo para que se acueste a dormir. Entonces yo que había sido su hijo durante el día, ahora recostado en la cama contigua, dejo de serlo, pues me dice: “amigo, Dios lo bendiga por todos los cuidados que me tiene”. Al rato, después de larga reflexión, me transforma: “hermano, Dios te colme de bendiciones por todo lo que has hecho por nosotros”. Pasan unos minutos y ahora me distancia: “vecino, disculpe todas las molestias que le causo, pero nuestro Dios que es grande le compensará a manos llenas”. Más adelante, me dice: “compañero, quién habría imaginado que usted se iba a ocupar de mí, sacándolo de sus clases”. Y le sigue una ristra de bendiciones para la mujer, hijos, nietos y todas las siguientes generaciones de su cuidador, en cualquiera de sus denominaciones.
Soy luego su admirado primo Julio, boxeador de Santa Julia; paso por ser su querido compadre Sam de San Luis; su simpático sobrino Cleto de Querétaro. Independientemente de la personalidad que me atribuya, y gracias a todas las buenas obras de ellos mis representados, salgo de su cuarto como impostor involuntario, de puntitas y henchido de agradecimientos y bendiciones, de reconocimientos y retribuciones, de sobradas muestras de bonhomía y rica herencia espiritual que les pertenecen a ellos.
Justo es que les lleguen ahí a donde estén.
Miguel, 27 de agosto de 2007
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31 Agosto 2007
Pianís ha llegado a un punto en la vida en que toda persona, por desconocida que sea y sin excepción, es digna de su broma, palabra cariñosa, admiración o sorpresa.
Es de mañana y va con su paso lento por el supermercado. El bebé que lleva una señora en el carrito, le merece una levantada de cejas y gran apertura de ojos, saludándolo y de paso felicitando a su madre por su futuro “superman”. Para el adulto menor que él, pero que como él batalla entre la marabunta apresurada de compradoras, tiene una broma ágil: “cuando llegue a su edad me voy a conseguir quien me haga las compras”. Eso le dice en corto, mientras lo abraza a su paso, comprensivamente.
A una niña en sus seis años la piropea, inclinándosele como a una reina: “con tu belleza de cuento de hadas y tener que hacer estas cosas mundanas de venir de compras”, haciendo él cara y voz de “no te lo mereces”. Por el corredor se hace un atorón, con dificultades pasamos, dándonos cuenta que era una mujer la que dificultaba el paso con su carrito mal puesto. "No se molesten", nos dice a los compradores atorados, "es una dama".
Quiero pensar que eso es armonía con el mundo, estar en paz con todo ser vivo y desbordadas ganas de comunicar su matutina alegría por vivir, con ese su contagioso impulso vital. Me lo dicen las caras y expresiones de sus interlocutores: niños, jóvenes, adultos, damas y caballeros. Todos ellos reaccionan con una sonrisa o palabra de agradecimiento, con una reflexión entre ellos o una manera de mirarlo amorosamente, probando que los ha tocado con su palabra. Sobretodo niñas y niños, adoptan otra postura, como levantando el cuello, más seguros de sí mismos, pareciendo decir: “soy otro”.
Miguel, 26 de agosto de 2007
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27 Noviembre 2006
Producto de algún fallo en el manejo posterior de la primera operación del cerebro de Pianís (un par de cuernos en sus respectivos parietales), le entró un chiflón de aire que presionó hacia abajo y hacia el frente su cerebro. Eso lo tuvo 48 horas consecutivas sin dormir y hablando incoherencias que nos preocuparon sobremanera. De ahí que viniera la segunda operación, con un par de cuernos en la frente destinados a sacarle el aire que comprimía peligrosamente su vida. Efectivamente salió el aire, mientras le entraba a sus 86 años un juvenil Cupido por no sabemos cuál de los dos agujeritos. Eso lo mantuvo piropeando en el hospital a cuanta enfermera, doctora o afanadora se le presentara en el cuarto, y besando las manos de la que se pusiera al alcance, peripecias que con muchos esfuerzos y amarre de manos a la cama, logramos no se convirtieran en un drama posoperatorio familiar.
En eso estaba cuando le vino la neumonía, que recordarán fue causa de que el tío Helio y mi general Izquierdo se nos fueran. Ordenaron entonces los médicos la traqueotomía, que lo privaron de "aquél chorro de voz" que tenía, dejándole apenas un chisguete. Eso no mermó ni un tantito el volumen de cumplidos ni de miradas coquetas que repartió a su alrededor. Su ánimo seguía firme, ajeno a los peligros que estaba pasando. Los doctores no arriesgaban diagnóstico de mejora alguna respecto a como entró, sobretodo valorando la fuerza con que intentaba quitarse toda la tubería que le tenían instalada para oxigenarlo y sacarle las flemas. Sin embargo, por ninguno de los cinco orificios que le hicieron se salió Cupido y uno a uno, fueron cerrando debajo de su gruesa piel de indio negro, como dijo de sí mismo.
Desde hace ocho días nos lo entregaron "de alta", yo diría "de pico parado", pues agregó a su repertorio afectivo plantar un beso no sólo en la mano, a la dama que se apreste. Cualquier joven es su hija o nieta, independientemente de que se acuerde de su nombre, por lo que la abraza y besa cariñosamente, feliz de volverla a ver.
Sigo reportando en serio: todo para él es hermoso, bello, encantador, lindo, extraordinario. Celebra la vida como nunca y cada mañana hace planes para irse a su casa. Pide ayuda para organizarse y manda recados para su admirado padre, con sollozos de vez en cuando por recordar a su amadísima madre, a quien no ha visto últimamente.
Así, gracias a él, hacemos presentes lazos, afectos, experiencias, metas de reencuentro con tantos seres queridos vivos y finados, que en su imaginario, pasan a visitarlo y aprovechamos para hacerlos parte de nuestra vida.
¡La amorosa vida!
Miguel, noviembre de 2006
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22 Mayo 2006
Ahí estaba su cuerpo depositado en una plancha helada de la morgue pestilente, a la que me enviaron para verificar si el difunto era de la familia. Junto a él me plantó un empleado con su pedimento de rutina: a ver si lo identifica. Hasta ahora caigo en la cuenta de que me lanzó un reto: reconocer a un humano a partir de los despojos del encontronazo entre su cuerpo andante, con la trompa de un apurado camión urbano por Clavería.
Estaban esparcidos los restos de su boca, silenciada en la familia, usada si acaso para beber. Bien dibujadas tenía las huellas del abandono, bordeadas por overoles zurcidos de mezclilla. Atravesaban su pecho las cicatrices de regaños y reconvenciones. Hondo habían calado por sus ojos botados los ninguneos de seres a los que había dejado de mirar a su paso. Los pliegues y fracturas de sus brazos y piernas revelaban sus últimos años de vagabundeo, con los olores y el zigzag del alcoholismo. Por su ancha frente se adivinaban hermosas señas de las bendiciones de mi abuela Lupita.
Era él.
Por mi parte debía resolver el destino de su cuerpo. ¿Quién era yo a los 20 años para decidir sobre el asunto? Para entonces el tío hacía años era un ajeno en la familia. Un extraño desde muy atrás, en su silencio juvenil, sombra en el traspatio, presencia invisible y escondible en su propia casa, incógnita de la vida familiar, pintito en el arroz.
No me alcanzó el dinero para enterrarlo.
He tardado treinta y tres años en desenterrar ese recuerdo. ¿Será porque ahora empiezo a sentir cómo me van brotando las huellas del silencio?
Miguel
Mayo 16 de 2006
servido por Miguel Angel
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12 Mayo 2006
A los dieciocho años, platicaba con mis hermanas sobre lo afortunados que habíamos sido en la familia de mis papás, al no haber en ella ningún pariente accidentado o difunto antes de tiempo y según nosotros, todos los vivos gozaban de buena salud……. Seguíamos con ese recuento cuando empezamos a preguntarnos: ¿y qué fue de la hermana mayor de mamá? No pudimos contestar. Pero sí sabíamos que había muerto joven. Tuvimos que rectificar poco a poco: ¿se acuerdan del tío Juan, hermano de mi mamá?, parece que se suicidó. ¡Ey!, ¡También lo hizo pocos años después tía Tere, la gemela de mamá! En un segundo, el paisaje familiar nos cambió por completo, el cuadro ya no era tan feliz, ni siquiera tranquilo. Digamos que era más humano, por no decir tormentoso…..Pero ciertamente no había respuestas claras, producto de los mensajes vagos que habían llegado a nosotros en la niñez.
Por eso demando a los parientes mayores, tíos, primas y primos, para que cuenten lo que saben de esas dos mujeres hermosas y un amoroso tío que ahora sabemos por cierto que se suicidaron, pues nos dejaron sin el cariño de tres tíos, y a la mirada serena de mi abuela Lupita sin la mitad de sus hijos. Si lo cuentan, los queridísimos parientes chicos, nuestros retoños, podrían también aprender de aquellas vidas y sus suicidas causas silenciadas.
Antes que eso, ¿pueden decirnos si mis tíos habrán dejado recado para nosotros?
Miguel
Agosto de 2005
servido por Miguel Angel
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25 Marzo 2006
Todo en este dominguito apuntaba a ser uno más de la rutina semanal. Pero el rito de tomar el tequila fue nuevamente innovado con un par de expresiones de Pianís, convencido degustador.
Llegada la hora de la comida, pidió muy higiénico: ¡dame de esa agüita para lavarme los dientes!, señalando la botella de tequila.
Por si no fuera suficiente para romper el ceremonial, poco después observó con expresión de invitado a su anfitrión: lo que hace rica la botana es que estás obligado a acompañarla con tequila.
Lo rutinario sería que yo riera y olvidara en unos días estos chispazos de Pianís, mezcalero de Salinas de Hidalgo. Rompiendo la costumbre prefiero compartirles estas frases que me alegran un domingo extraordinario.
Miguel
Enero de 2006
servido por Miguel Angel
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