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La Coctelera

Categoría: Valencia, Granada y Madrid

El regalo de la infanta Lucy Carmona

Trepo a un autobús urbano rumbo al mar mediterráneo, al que asoma la playa de Valencia. El único asiento libre está frente a una niña de poco más de seis años, que lee contenta y titubeante a su mamá: “en la estufa está una esfera de estambre…..”. Para y acota: “antes no me gustaba leer, ahora se me da”. Su mamá le suelta la letanía de ventajas de saber leer, entre ellas la posibilidad de leer los cuentos de los hermanos Grim, de Andersen…….. Se me cuecen las habas por entrar en su plática. Con los ojos pido permiso a su mamá, dirigiéndome a la niña: déjame contarte el más pequeño cuentito de Tito Monterroso: “….y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Me ha escuchado con interés. Sonríe cuando termino, y como si fuéramos viejos conocidos pasa a contarme un cuento, propiamente su versión de Caperucita Roja. La mamá nos deja ser.
“Esta era una niña que vivía en el bosque. Tenía que llevarle de comer a su abuelita. Pero en el bosque vivía un lobo. Su novio no la dejó ir y así salvó a su novia de que la comiera el lobo”.
Alabo su forma de contarme el cuento y le agradezco, mientras su mamá se despide y la toma de la mano para bajar. La niña me sigue explicando las razones del novio para no dejar salir a la novia, al tiempo que va bajando del autobús, jaloneada por la madre.

Dejo a los psicoanalistas la tarea de destazar el cuento a la manera de Bruno Bettelheim, como a los sociólogos la reconstrucción de las formas de socialización contemporánea de las niñas, sintetizadas en esta densísima creación de Lucy Carmona.
Por mi parte, aprieto a mi pecho este hermoso regalo de una infanta valenciana. Antes de redescubrir las playas del mar mediterráneo, he encontrado mi perla.

Miguel
3 de marzo de 2006

En la plaza de la Virgen de los Desamparados

Son las 11 y media de la noche. Es un jueves cualquiera de una semana de trabajo. Deambulo por el centro histórico de Valencia, buscando una taberna para escuchar jazz o blues en vivo. No la encuentro asomándome a no menos de cincuenta. Voy a dar sin rumbo nuevamente a esta plaza, que empieza a tomar un nuevo aire, con la llegada de bicicleteros, patinadores, equilibristas y tanto tríos como cuartetos de jóvenes locales y turistas adultos, que pasan en busca de un bar sobre la calle de Les Caballers.
Cada quien toma sus posiciones. Los ciclistas, jóvenes de entre 15 a 20 años, saltan montados los tres anchos escalones que enmarcan la plaza de mármol. Unos patinadores colocan vasos de unixel que usan como mojoneras entre las cuales harán sus suertes a un pié, marchando de reversa, mientras otros saltan sobre una valla metálica. Un par de músicos, rumano el guitarrista, ostraveño el violinista, se planta a interpretar para don nadie, en la esquina del Palau (palacio) de la Generalitat Valenciana, dejando frente a ellos un sombrero para que se cooperen con la canción los amparados. Un puñado de quinceañeros trovadores locales, se asienta para guitarrear en el pórtico del Jurado de las Aguas. Otro grupito de güeras y güeros gringos dieciochoañeros, destapa botellas de vino que beben a pico, escanciándolas generosamente con expresiones como “fuck you”, sobre el jardincito norte de la Basílica.
Podríamos decir: cada loco con su tema, hasta el que esto escribe. En esas observaciones estoy cuando pasa, yendo y viniendo, como quien busca algún papel útil en el suelo, un hombre maduro, suciamente vestido, un desamparado. Va tarareando y cantando “lola, te critican porque estás sola”, simula el sonido de una guitarra eléctrica: tui-tui-uiiiiiii….., suelta a diestra y siniestra frases sin tema: “Led Zeppelin, Sari de la fábrica de Bilbao, Muddy Waters, La Tropa”. Canta en inglés, bluesea, pasa a un registro en castellano, brinca al valenciano, vagabundea. Ahora acaba de decir: “maldito cura, jura que no le das por el culo a los monaguillos”………
Sigue su azaroso camino sin obtener respuesta, mirando al suelo.
Retiro lo dicho. Este desamparado es el único que no está loco, tiene y sigue con su tema.
La plaza de la Virgen nos da cobijo a todos.

Miguel, 2 de marzo, 2006

La mascletá de Valencia

Es un duelo a muerte entre dos percusionistas, que encerrados, golpean sin piedad sus tambores mientras tú estás en el medio. Es un diálogo de obuseros debatiendo con sus armas lo que es el frenesí. Es un préstamo sonoro a la guerra, trasladada cinco minutos a la plaza y cielo abiertos del Ayuntamiento.
¡Tata-tata-plan!

Es una retumbar paroxísmico que empuja a los pechos a desbordar los escotes. Es una presión megasónica que hace a los órganos internos sentir descarnadamente el exterior. Es una estruendosa experiencia mística a la que sólo podemos penetrar con brazos y manos abiertos, ojos cerrados y rostro elevado hacia la bóveda celeste. Es el paraíso de sordos y ciegos.
¡Tata-tata-plan!

Es un masaje expansivo y brutal, que sin manos, opera a escala unicelular, bacteriana y enzimática. Es un crescendo de explosiones por la médula cuyo eco eleva el alma hasta la euforia. Es la resurrección de las difuntas células cerebrales, activadas sináptica como masivamente por reverberantes ondas acústicas. Es una vertiginosa cadencia que transforma el habla interna y te lleva a descubrir tu rugido interior. Es un estar aquí, ver por los oídos, oír por la epidermis, estrenar dispositivos para sentir y conocer.
¡Tata-tata-plan!

Es una millonada convertida en pólvora por el mero placer de estallar colectivamente en vida, tundiendo momentáneamente al silencio y al hermetismo. Es un cataclismo lúdico disparado por la tradición valenciana, que reacomoda desde el mediterráneo, todas las placas continentales.
¡Tata-tata-plan! ¡Rataplán!

Miguel A. Izquierdo Sánchez
Valencia, 3 de marzo de 2006

Caminito de Valencia, apurándose a llegar.....

El aereopuerto Barajas de Madrid recién se inauguró hace menos de un mes. Luce despampanante. Diseñado con arquitectura aerodinámica, su techo está formado con caparazones de gusano que parecen flotar en el aire. Al pasar por él para transbordar hacia Valencia, cerca de las 5 de la mañana, primero caminamos unos cuatrocientos metros, bajamos en un elevador traslúcido dos pisos extra altos, nos trepamos en un tren eléctrico por otros quinientos, subimos los mismos dos pisos con sesenta escalones esta vez a pié por no servir la escalera eléctrica, y ahí cerramos el sprint con trescientos metros más. Teníamos 45 minutos para transbordar, muy bien calculados por los programadores que han puesto la diferencia de minutos para llegar a cada entrada, pues poquito menos que eso nos tardamos la centena de corredores a mármol traviesa que componíamos la horda de viajeros.
Nos llaman para abordar y bajamos esta vez por una corta escalera para dar con el autobús que nos conducirá al avión. Mi grupito tiene la mala suerte de que los jóvenes punteros han llenado el primer autobús, por lo que nos dejan en espera del siguiente, justo ante una puerta de cristal que no cierra, nuevecita, por la que los tres grados de temperatura del exterior se nos cuelan uno por uno, de ida y vuelta.
Al minuto de no aparecer el autobús prometido, en medio del silencio, una valenciana espeta profundamente irritada: “imaginensé si una persona mayor puede hacer todo el trayecto que hemos pasado, o una mujer viajando con su pequeño hijo por nueve horas aguanta con él desde donde hemos venido”. Lo dice a un paso de nosotros, tres jóvenes madrileños, otra valenciana madura, este mexicano y el resto que espera apretado en la escalera. Abunda: “este aereopuerto está hecho para jóvenes ejecutivos de treinta años con una pequeña maleta por todo equipaje.” Lo dice teniendo casi enfrente a uno de esos jóvenes, elegantes ejecutivos, cada uno con su pequeña maleta o portafolios. El casi interpelado no tiene más que asentir con la cabeza. El otro par discretamente se echa poco a poco para atrás. Su paisana se acerca con intención de hacerle segunda. Desde mi rincón, sigo escuchando: “¿dónde han visto un aereopuerto que no tenga un solo reloj? Por mi madre que éste es el único en el mundo”…….
Este extranjero reserva sus energías para aguantar el aerodinámico frío que se cuela por la puerta abierta a la penumbra, evitando despotricar contra los diseñadores del aclamado portento de arquitectura del mañana, contra los operadores de hoy, o contra los españoles que aún no conoce en sus visionarios empeños.

Miguel, 1 de marzo 2006

El despegue de un muchacho

Estoy sentado en el avión, preparándome para la gran aventura de volar hacia Valencia. De repente llega a sentarse a mi lado un muchacho-pájaro chip chip, que como tal no para de girar el cuello o su cintura cada medio segundo. Es un joven que desborda todo continente. Es un hiperactivo, dirían en la escuela. Es un joven con déficit de atención, dirían otros en una jerga más actual. Cuando está aparentemente más calmado, con sus manos indetenibles, tira un chorrito de café sobre su futbolística playera colorada.
El avión se forma para el despegue y la sangre fluye por todo el cuerpo de mi vecino, confundiéndose cuerpo con playera, mientras mira hacia todos lados cómo está a punto el avión de hacer su gran milagro.
Me pregunto si no reventará en histeria por su frenético movimiento omnidireccional. Despega elegantemente el Jumbo de Iberia y con él, mi vecino se medio levanta, detenido acaso por el cinturón de seguridad, con cara de éxtasis, extendiendo y girando sus brazos hacia el frente y arriba en señal de triunfo vital.
Me obliga a salir del mutismo con que lo contemplo, y a sintonizar con él en este momento expresando: ¡qué maravilla! Se siente comprendido y vuelve poco a poco a su color, con una sonrisa que ha concentrado en mí por un larguísimo segundo. Ya está ocupado en otro asunto.

Miguel, 27 de febrero de 2006