Si trasladamos en volandas sin advertirle a un mexicano, lo colocamos de sopetón en el centro de la nueva Jerusalém, digamos a las seis de la tarde, y le preguntamos qué está viendo, seguramente nos dirá que una película de Hollywood, de esas de vaqueras y vaqueros modernos, jaladas de los pelos por lo contradictorias. Créanme que impacta ver a estas bellísimas jóvenes israelitas, portando a la cadera y sin funda tremendos pistolones a la cintura calibre 38 o nueve milímetros de hechura checa o rusa, vistiendo pantalón vaquero de mezclilla (jeans), ombliguera, y frecuentemente lentes oscuros. Se les ve por cualquier lado. Se les contrata también en servicios privados de seguridad. Pero lo informal de su vestimenta, el que estén acompañadas de sus amigos y tomando un refresco a media calle mientras chacotean, las hace parecer como jóvenes divirtiéndose con la broma del día.
Otras más usan uniforme y vigilan negocios, supermercados y plazas, de vez en cuando en pares, o en grupos mayores. Algunas están en servicio militar. Pero ni el uniforme de unas ni los jeans a la cadera de las otras, encaja en el mundo que ahora me parece artificial en el que vivo en mi país, al margen de esta realidad que exige tanto de sus jóvenes en sus más bellos años.
¿Habrá quien se atreva a lanzarles un piropo? ¿Acaso no se merecen uno cada día? ¿Tendrán qué esperar a dejar la pistola para recibirlos?
21 de marzo, 2003

Escribe un comentario