Pasando la Medina, junto a lo que fue un barrio de alfareros y carpinteros, se yergue un precioso árbol en blanca flor, con fondo verduzco de cipreses y el amarillo-rojizo característico de la Alambra.
Casi bajo su insinuada sombra, reposa en una banca una ancianita de por lo menos ochenta y cinco años. Intrigado por el nombre del incomparable árbol, le pregunto en castellano si me lo puede decir. Contesta en un inglés británico: I´m not from here. Insisto ahora en inglés.
Contesta en su lengua: por allá le llamamos almond. ¿No es hermoso? Le contesto que me encanta, nunca había visto uno así, tan aparentemente delicado pero con una fuerza de atracción que me obliga a contemplarlo desde varios ángulos, casi con reverencia. Ahora es ella quien plantea su necesidad vital, con un dejo de intranquilidad: mis parientes no han regresado por mí, ¿será ésta la única salida?
Es mi primera visita a este paraíso terrenal, ignoro sus entradas y salidas, pero su temor no me deja otra que soltar una mentira piadosa: sí, ésta es la única salida. Añado de inmediato: pero no se preocupe, si a mi salida no han regresado por usted, me la llevo volando a México, allá vivirá usted conmigo.
Suelta una agitada risita de anciana, y sigue la broma de que entonces me espera.
Despacio, resistiendo, mirando hacia atrás, me alejo del almendro en flor, que afortunadamente Elisa, una bella italiana, ha atrapado en dígitos y compartido con nosotros. Regreso a mi tierra con este almendro andaluz y el recuerdo de una abuelita que se me fue.
Miguel
Granada, 8 de marzo de 2006
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