Un cristal, dos colinas, tres kilómetros y un puesto de vigilancia nos separan de Belém, en estos días bajo el control de los palestinos. Desde las ventanas del hotel en que nos hospedamos se divisa ese lugar santo para tantos pueblos creyentes, apenas detrás de un monasterio ortodoxo, en una colina frente a Ramat Rachel. Cerca está la tumba de Raquel, muerta de regreso hacia Jerusalém. Nuestros anfitriones israelíes nos han recomendado no ir a Belém, pues quieren garantizar nuestra seguridad. ¿Pero quién teniendo fe de antaño y viniendo de países lejanos, además de tener un propósito firme, dejará de intentar una visita a Belén? Se forma un grupito entre nosotros que pretende llegar a Belém. Sus religiones los unen con peregrinos de otros credos en su anhelo por ver el lugar donde nació uno de sus profetas o su redentor. Todos están seguros de convencer a cualquier guardia del puesto fronterizo de que su entrada a Belém es una necesidad religiosa, ajena a todo motivo de carácter mundano.
Se organizan y allá van cruzando las fronteras políticas y militares para satisfacer una profunda necesidad espiritual, que derrumba murallas, doblega banderas y burla a las más modernas armas. Nuevamente la estrella de Belém les señala el camino a estos peregrinos, que en lugar de borricos o camellos, usan para trasladarse un taxi mercedes benz. Con su visita, la vida y las creencias se reafirman. Su fe los llevó y los trajo.
17 de marzo