El aereopuerto Barajas de Madrid recién se inauguró hace menos de un mes. Luce despampanante. Diseñado con arquitectura aerodinámica, su techo está formado con caparazones de gusano que parecen flotar en el aire. Al pasar por él para transbordar hacia Valencia, cerca de las 5 de la mañana, primero caminamos unos cuatrocientos metros, bajamos en un elevador traslúcido dos pisos extra altos, nos trepamos en un tren eléctrico por otros quinientos, subimos los mismos dos pisos con sesenta escalones esta vez a pié por no servir la escalera eléctrica, y ahí cerramos el sprint con trescientos metros más. Teníamos 45 minutos para transbordar, muy bien calculados por los programadores que han puesto la diferencia de minutos para llegar a cada entrada, pues poquito menos que eso nos tardamos la centena de corredores a mármol traviesa que componíamos la horda de viajeros.
Nos llaman para abordar y bajamos esta vez por una corta escalera para dar con el autobús que nos conducirá al avión. Mi grupito tiene la mala suerte de que los jóvenes punteros han llenado el primer autobús, por lo que nos dejan en espera del siguiente, justo ante una puerta de cristal que no cierra, nuevecita, por la que los tres grados de temperatura del exterior se nos cuelan uno por uno, de ida y vuelta.
Al minuto de no aparecer el autobús prometido, en medio del silencio, una valenciana espeta profundamente irritada: “imaginensé si una persona mayor puede hacer todo el trayecto que hemos pasado, o una mujer viajando con su pequeño hijo por nueve horas aguanta con él desde donde hemos venido”. Lo dice a un paso de nosotros, tres jóvenes madrileños, otra valenciana madura, este mexicano y el resto que espera apretado en la escalera. Abunda: “este aereopuerto está hecho para jóvenes ejecutivos de treinta años con una pequeña maleta por todo equipaje.” Lo dice teniendo casi enfrente a uno de esos jóvenes, elegantes ejecutivos, cada uno con su pequeña maleta o portafolios. El casi interpelado no tiene más que asentir con la cabeza. El otro par discretamente se echa poco a poco para atrás. Su paisana se acerca con intención de hacerle segunda. Desde mi rincón, sigo escuchando: “¿dónde han visto un aereopuerto que no tenga un solo reloj? Por mi madre que éste es el único en el mundo”…….
Este extranjero reserva sus energías para aguantar el aerodinámico frío que se cuela por la puerta abierta a la penumbra, evitando despotricar contra los diseñadores del aclamado portento de arquitectura del mañana, contra los operadores de hoy, o contra los españoles que aún no conoce en sus visionarios empeños.

Miguel, 1 de marzo 2006