Esperando nuestro último autobús, Biniam y Semere de Eritrea y yo, cedemos en la parada un lugar a una abuelita israelí. Nos escucha hablar en inglés y nos agradece en esa lengua. A partir de ahí no paramos de conversar hasta su bajada. Es judía de origen iraní, de donde su padre la trajo en 1935, siendo ella muy pequeña. Estudió en una escuela de monjas de Jerusalén donde aprendió a convivir con árabes, francesas, inglesas y mujeres de otras nacionalidades, a la vez que aprendía hebreo y las lenguas de sus amigas. Tiene cuatro hijas y ocho nietos. Por el camino nos muestra el café donde hace dos años en un atentado suicida terrorista murieron muchos israelís, en una tarde como esta, tan tranquila.
Como madre y abuela que es afirma claramente que la guerra es una desgracia “para todos ellos (palestinos) como para nosotros (israelís)”. Me pregunta cuándo regresaremos a nuestros países, y al saber que esta noche, se apena porque no podrá tenernos de invitados en su casa para conocer cómo viven las familias de Jerusalén, tal como ella gusta invitar a sus conocidos en encuentros casuales como éste. Una de sus reflexiones se me queda en la mente como obligación moral para compartir: “no quiero que mis nietos mueran cuando están floreciendo a sus dieciocho años, ni tampoco sus nietos”, refiriéndose a los palestinos. Algunos de sus nietos están haciendo el servicio militar de tres años, en la difusa línea del frente.
Nos despedimos de esta adorable samaritana de los emigrados y peregrinos, abuelita de la esperanza, madre de la misericordia, diosa de la sabiduría ¡¡¡Shalom gran mujer!!!

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