Estamos en la primera de las seis colas para revisar nuestro equipaje y documentos en el aereopuerto de Tel Aviv, rodeados de esas bandas y postes que parecen de ring boxístico. Platico para distraerme con un matrimonio de abuelos estadounidenses, cuando en eso llega el primer inspector a hacernos las preguntas de ley sobre nuestra visita a Israel y si empacamos nosotros mismos o alguien nos entregó un bultito de regalo para entregar en nuestro destino. Nos pregunta: ¿ustedes tres vienen juntos? Le contesta el gringo que para mi gusto anda en 72 años: “pues si incluye a este mexicano que coquetea con mi esposa en mis narices, entonces somos tres, pero la verdad es que él viene aparte”. Se ríe abiertamente el joven inspector israelí y muy solícito ofrece: “eso lo podemos resolver de inmediato cercando un ring con estas bandas como cuerdas y que se decida a golpes quien se queda con la señora, yo soy el réferi”. El viejo ataja: “está decidido que yo voy a ganar, soy el más joven de los dos”. Reímos los cuatro de la puntada de este trotamundos que se dice “homeless”, porque el pobrecito vendió su camión-casa de verano para viajar unos meses, como lo hace todos los años.
Yo me quedo en la cola con el segundo recordatorio en este viaje de los años que se me ven, y peor aún, que me remarcan con el dedo en la llaga.
30 de abril, 2005

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