Calzada de Guadalupe
Estoy en la ciudad en que nací y crecí hasta los 18 años. Al cumplirlos la dejé para estudiar lo que en ella no había. Cuando tomé el autobús de mi partida, justo antes de subir su primer escalón, juré volver apenas terminara los cuatro años de carrera. No volví nunca más, sino de paso, a visitar a amigos y familiares.
Treinta y cinco años después, estoy de visita fortuita por sus calles. Decido en mi único rato libre, caminar mis querencias, recorrerlas a solas para derramar unas lágrimas cada vez que se suelten. Por alguna razón profunda y desconocida que se manifiesta en el acto, empiezo por visitar a la señora Moreno, porque su hermosa casa siempre tuvo su portón abierto, con unos canarios como recepcionistas y un patio arqueado y engalanado con floreadas macetas que invitaban a detenerse y admirarlo. En algún lugar invisible, estaba ella, sabedora del arte de criarlos y darnos el goce de escuchar sus trinos y deleitarnos con sus encantos. Toco a su puerta, la primera que elijo y nadie me abre. Insisto y el silencio domina, no está la puerta abierta como antaño y el desasosiego me confunde. ¿Acaso no vive más ella? Me acobardo ante esa posibilidad y continúo caminando sobre su banqueta mientras deslizo mis dedos sobre las canteras rosas que forran las fachadas y balcones de cada una de las casas vecinas. Son mías como los sueños en que visito cada una de ellas, a treinta y tantos largos años de dejar de pasar a su lado, comiendo jícama o quiote como chamaco enfiestado.
Queda atrás su casa, aparentemente abandonada. Nadie me ha respondido, si acaso el golpe bruto del silencio que choca de frente con mis recuerdos de alegres canarios.
Voy a esta casi tercera edad en años, saboreando entre mis dedos los portones de mezquite, las aldabas leonadas y réplicas de delicadas manos femeninas moldeadas en bronce, venidas de otras centurias, que flanquean esta calzada y que pueblan mis paseos nocturnos desde una enorme distancia. Sigo llorando, al no atreverme a visitar esas calles que me hicieron feliz de niño y que me imponen pisarlas sin la misma inocencia.
¿Qué hago en otros lugares?

San Miguelito, SLP, junio 3, 2005