Labiales emplomados.
Mi prima Ceci advierte en un correo electrónico a nuestras damas sobre el plomo de sus lápices labiales. ¿Y quién nos previene a los hombres de los plomazos que vienen de sus turgentes labios? ¿Nadie nos protegerá contra sus plúmbeas pasiones?

Los que piropean “usted de azul y yo azulado” lo dicen sin percibir que están bien emplomados, tanto que hasta el color se les revela. Supongo que de tanto besarlas, andamos a veces con los pies de plomo. Nuestra mansedumbre entonces puede achacarse a que con tanto plomo chupado, frotado, besuqueado y casi masticado, nos volvamos maleables. Ese daño en el carácter me apura más que el cáncer de origen labiodental.
Es cuando exageramos del intercambio bucofaríngeo que nos caemos a plomo.
Por eso también el que expresa “mátame a besos”, ignora que no es el amor el que mata, sino el dúctil y plumbífero contenido de una carísima barra con marca tan chic como francesa, hecha de blandengue metal extraído del desierto chic-chimeca.
Todo tiene su costo: si te sientes pesado, es que mucho has besado.

Peso por beso,
Azul terso,
Beso por eso.

Miguel
Cuernavaca, 1/2/2006