Fue mi padre quien me hizo reconocer este lugar único de Cuernavaca, a la vez humilde y llamativo, diminuto y memorable, identificatorio de un acto público e imperecedero de amor.
Ahí está a nuestro paso, en la base de un poste gris cualquiera de concreto, a la orilla de una de las pocas banquetas planas de la ciudad, sobre la calle Melchor Ocampo, casi al llegar al puente del túnel. Se trata de un mínimo sitio ocupado por un bouquet perennemente renovado de hermosas flores, que infalibles, jalan la vista y retan nuestra prisa con preguntas que se repiten a cada vuelta por el rumbo: ¿que hacen ahí esas lindas flores apenas protegidas por el poste? ¿quién las habrá puesto? ¿a qué horas las renueva?
Han pasado años que me deleito con ese curioso sitio del paisaje urbano cuernavacense sin detenerme a contemplarlo de cerca por la más nimia excusa.
Hoy es el día, no me resisto, rompo la inercia de seguir adelante y me paro a oler las flores, a sentir de cerca su tersura, y a leer lo que las prisas me impedían aprender. A mis pies, oculta detrás de las siempre radiantes flores, ahogada en la base del poste, está una cruz metálica con la declaración de amor perpetuo de una madre por su hijo muerto en plena juventud. Su mensaje vivo, el de las flores que nos regala diariamente a la vista, nos deja claro lo aparentemente imposible. Ahí, entre el rudo concreto y los tonos más grises y desvaídos de la ciudad, florece colorido el amor materno, dándose día a día, convirtiendo en prodigio un lugar cualquiera, deslumbrando en público con el más desinteresado amor.
Miguel
Marzo de 2005

Una noche después de una borrachera, con la mente atontada por el alcohol un joven esperó pacientemente en ese poste, justo afuera de la casa de su víctima, tenía la pistola y la mente lista. En cuanto lo vió llegar le disparó. El fallecido era un chico que todo el mundo admiraba y respetaba por sus cualidades. El asesino un primo enfermo de celos.
Es la historia que circula en el vecindario...
Dn. Miguel:
Con gusto y con mucho interés leo tus anécdotas de viajes y tus reflexiones en general.
Mucho me gusto leer de Cuernavaca; ciudad de flores, olores y amigos inolvidables. No sé si es una señal del avance de la edad o solo son nostalgias pasajeras, pero cada vez que tengo la oportunidad de visitar al señor de la caja de herramienta y a su compañera de luchas, me pasó deleitablemente horas y gustosos minutos contemplando las flores de su jardín, mismas que yo, en alguna ocasión, hace 20 años planté sin imaginarme su crecimiento tan robusto y continuo. Tal vez es como nuestra amistad que empezamos hace años sin tener en cuenta el futuro pero solo tratando de vivir el momento que indudablemente se extiende a travez de los años.
Gracias sean dadas a su eminencia Dn. Miguel Izquierdo por su gran alegoría narrativa y entretenida lectura.
Con muchos afectuosos saludos,
José Pepe Molina