Fue mi padre quien me hizo reconocer este lugar único de Cuernavaca, a la vez humilde y llamativo, diminuto y memorable, identificatorio de un acto público e imperecedero de amor.
Ahí está a nuestro paso, en la base de un poste gris cualquiera de concreto, a la orilla de una de las pocas banquetas planas de la ciudad, sobre la calle Melchor Ocampo, casi al llegar al puente del túnel. Se trata de un mínimo sitio ocupado por un bouquet perennemente renovado de hermosas flores, que infalibles, jalan la vista y retan nuestra prisa con preguntas que se repiten a cada vuelta por el rumbo: ¿que hacen ahí esas lindas flores apenas protegidas por el poste? ¿quién las habrá puesto? ¿a qué horas las renueva?
Han pasado años que me deleito con ese curioso sitio del paisaje urbano cuernavacense sin detenerme a contemplarlo de cerca por la más nimia excusa.
Hoy es el día, no me resisto, rompo la inercia de seguir adelante y me paro a oler las flores, a sentir de cerca su tersura, y a leer lo que las prisas me impedían aprender. A mis pies, oculta detrás de las siempre radiantes flores, ahogada en la base del poste, está una cruz metálica con la declaración de amor perpetuo de una madre por su hijo muerto en plena juventud. Su mensaje vivo, el de las flores que nos regala diariamente a la vista, nos deja claro lo aparentemente imposible. Ahí, entre el rudo concreto y los tonos más grises y desvaídos de la ciudad, florece colorido el amor materno, dándose día a día, convirtiendo en prodigio un lugar cualquiera, deslumbrando en público con el más desinteresado amor.

Miguel
Marzo de 2005