En uno o dos días concluyen los trabajos de cimentación de la moderna ludoteca del pueblo de Tanquián, erguida irresponsablemente sobre un borde de lo que debió ser la plaza mayor de un pueblo huasteco precolombino (Téenek Bíchou), con vestigios aún visibles para el observador menos agudo. Por casualidad llego al pueblo en los días en que los chalanes de albañil, los peones, cavan las cepas para las mamposterías, exponiendo al aire entre escombros y tierras, arenas y piedras de río, multitud de pedazos de antiguas piezas de cerámica familiar y según yo, también ceremonial, así como pedazos de piedra de forma muy especial.
Parado frente a este me planteo este dilema: ¿con qué derecho dejo abandonado al olvido en este escombro de cepa, aquél pedazo de tepalcate, este otro guijarro de barro cocido, este trozo de sílice afilado?
Me respondo a favor de la acción. Voy escogiendo ante la mirada curiosa de los peones, tiestos enlodados, curvos y planos, con menores indicios del trabajo de fuertes manos de mujeres alfareras, así como pedazos de lajas caprichosas. Los aparto y luego los voy guardando en mis bolsillos, ante la sonrisa de quienes avientan su propio pasado de un montón a otro, indiferentes, pues son pagados por metros lineales, cuadrados y cúbicos, no por recuperar el patrimonio cultural de su pueblo. Tanta pedacería de tepalcates han visto en su vida, que uno más no hace mayor diferencia. Cuando encuentran una pieza completa, según me han dicho, es el maestro de obras o el ingeniero, el que se las quita, “pues son los responsables de la obra”. No vuelven a saber de ellas y es muy dudoso que lleguen a los museos. ¿Qué interés puede entonces tener guardar un pedazo más entre esa multitud de antiguallas y cacharros?
Llego con las bolsas llenas de guijarros para lavarlos en la casa de Tere mi cuñada, que está a media cuadra de lo que fuera la gran plaza. En su terreno también he excavado a profundidad de diez centímetros y sin falta he encontrado pedacería de obsidiana y alfarería así como dos puntas de flecha. Aquí mismo debieron morar hace siglos, ceramistas y flecheros, diestros orfebres téenek de tiempos pasados.
Va cediendo el lodo con el chorro de agua, y surgen entre el amarillo de la tierra, los colores negros, naranjas, rojos y verdes de barros cocidos, los calados y engobes, pastas y finos trazos de pintura roja y negra de chapopote. Cobran nueva vida, como lazos entre seres humanos distantes por más de cinco y siete siglos, trozos menores de utensilios ceremoniales y de uso doméstico, puntas de flechas de obsidiana, una punta de lanza, raspadores, percutores y pulidores de sílex, navajas de obsidiana, trozos de manufacturas de ceramistas, flecheros y pintores, que me humanizan y llevan a imaginar ritos y prácticas domésticas de antaño, coloridas representaciones simbólicas y trazas de un mundo que ya fue.
Con gran pena, atestiguo que lo principal de esa gran plaza de Tanquián quedará oculto a nuestro conocimiento, apisonado como escombro con una plancha de acero, sellado luego con concreto y por un flamante piso de cerámica vidriada, en aras de una cultura que se le sobrepone y no acepta estar a su lado, al mismo nivel, abrevando de la que aquí mismo nos fundó y junto con otras, nos dio el rostro que hoy tenemos.

Miguel
Tanquián, 15 de abril de 2006