Desde diciembre estoy esperando que llegue febrero para pasar adrede por el nacimiento de la calle Cuauhtémoc, la que surge de Madero, para deleitarme con la despampanante vista de tres delgados y majestuosos árboles que se preparan todo el año para en estos meses regalarnos sus brillantes flores. ¡Vengan a disfrutar el encendido amarillo del soberbio árbol “lluvia de oro”, que pasma a transeúntes y choferes!. Sobre el fondo azul celeste invita a dejar en el armario los lúgubres colores invernales para portar los colores atrevidos de la flora, como este brillante oro que revienta de vida sin fijarse en el qué dirán.
Pasan unos días en que reina solitario, alfombrando de amarillo la calle, cuando un par de apuestos árboles de los llamados “primavera” le salen al quite recordándonos, y presumiendo, que estos son sus dominios y sus tiempos. Esta terna con su fondo celestial, por unos días se convierten en una joya de nuestro museo callejero, a la vez que perecedera, no registrada aún como patrimonio de la ciudad, que espero sus propietarios legales nos conserven.
Ha valido la espera de todo un año. Enmedio de la temporada de secas estos cumplidos y elegantes árboles hacen habitable nuestra ciudad, la visten de gala, la hacen sorprendente, intentando compensar el opaco y predecible horizonte de pavimentos y concretos.
Queriendo asirme de la ciudad, voy apropiándome de sus rincones, mientras me cuido de tropezar por sus nanobanquetas y de que me arrolle con arrogancia su otra majestad, el auto.
Miguel
2 de marzo de 2005

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