Cada tarde, al llegar de la escuela y antes de comer con su familia, Daniel tomaba su resortera preferida para irse con sus amigos a pasar el rato en el parque que estaba enfrente de su casa.
Daniel mismo había tallado su resortera en un pedazo de cedro rojo que le regaló Don Pedro, el carpintero de la colonia. Si tú tomabas su resortera, verías que te contaba su historia y los gustos de su dueño, pues cada vez que mataba a un pajarito le hacía una muesca como recuerdo de su tino. Además, el mango lo había terminado tallándole una pata de caballo hasta el casco, con todo y su herradura, pues siempre soñó con tener uno, aunque fuera un pony.
Daniel caminó rumbo a casa de su amigo Carlos, pero tuvo que agacharse al pasar junto a las grandes ventanas de la casa de doña Margarita, una viejita de la que era mejor esconderse que aguantar con la cabeza baja sus largos regaños por andar en travesuras o tirándole a los pájaros. Siguió su camino y oyó el silbido único de una gran parvada de filomenas, esos pajaritos con antifaz de ladrón, copete de cardenal, cola ribeteada de amarillo y diminutas plumas rojas adornando sus suaves alas cafés. ¡Nueva oportunidad para hacerle otra mortal muesca a la pata de caballo de su resortera!
Avanzó sigilosamente hasta el más grande fresno del parque, cuyas frutillas eran el encanto de las viajeras filomenas. El alegre tío de Carlos, que había viajado mucho, decía que venían de Canadá y que andaban de vacaciones de verano, huyendo del frío de su país, donde anidaban. Así debía de ser, pues nunca se habían visto en San Luis a sus bebés. Antes de tirarles, imitaba su silbido para calmarlas por su presencia. Esta vez Daniel se divirtió viendo los malabares y piruetas que hacían las filomenas para arrancar las frutillas. Eran decenas de pajaritos. Los árboles del parque les daban de comer durante toda la primavera, junto con los pirules del monte. Iba a lanzar su primer tiro cuando oyó a su derecha el estridente grito de un tordito que tomaba clases de vuelo con su mamá.
Se dijo Daniel a sí mismo: ¡lo único que me faltaba, tener en mis manos a un tordo! Tal era su buen tino, que ya había logrado cazar todos los tipos de pájaros que habían aparecido por el parque: escondidizos dominicos amarillos, nerviosos verdines, románticas tortolitas, vistosas filomenas, entonados gorriones y simples nixtamaleros. Todos excepto los huidizos tordos, esos grandes y exhibicionistas pájaros tornasolados que anidaban en el más alto y denso pino de la plaza del Santuario de Guadalupe.
Su primera idea fue capturarlo y llevárselo a casa, donde criaría al joven tordito. De modo que guardó su resortera para acercarse agachado y silenciosamente a la palma en que chillaba el aprendiz, acompañado de mamá torda. Lo tenía a un metro. Era un pichón todavía con su calvita y delgados pelitos güeros en el coco, plumas ralas y renegridas, nuevas. No dejaba de moverse, inquieto como era, al tiempo que chillaba. Como estaba a media altura, había que asustarlo un poco para que volara con la torpeza de los novatos y cayera a medio parque donde pudiera atraparlo. Ese era el experimentado plan de Daniel, que había funcionado todas las veces anteriores con los demás pichoncitos. Lo asustó con gritos y aspavientos, y el pichón salió volando apurado, precipitándose cada vez más al suelo del parque. El plan iba de maravilla. Daniel corrió de prisa hasta el tordito gritón, lo atrapó hasta el segundo intento y ante sus esfuerzos por huir le dijo: no temas, te voy a criar con lechita y migajas de mis panes preferidos, vas a crecer más brillante que todos tus parientes. En eso la madre del tordito apareció muy cerca de Daniel, volando bajo y chillando con furia, acercándose cada vez más con su pico puntiagudo y aletazos amenazadores. Eso no le importó gran cosa a Daniel, pues tal trofeo de caza ni mamá torda iba a quitárselo por más que llorara, amenazara e hiciera escándalo. Caminó lentamente hacia su casa, admirando el color negro azabache del tordito, lo fino de sus patas, la fuerza de sus alas sometidas, lo gracioso de su calvicie. ¡Todos los niños cazadores del barrio lo iban a admirar por haber capturado vivo a un tordo! Eso iba pensando, de modo que no advirtió que mamá tordo desapareció, al parecer abandonando a su suerte a la pequeña cría.
Avanzó apenas unos treinta pasos y oyó esta vez un gran ruido que tomaba fuerza rápidamente. Era una poderosa mezcla de gritos, de chillidos, de quejas muy agudas que pronto se convirtió como una gran sombra arriba de su cabeza, y que empezó a bajar en círculos más y más cercanos a su cuerpo. Se trataba de una gran parvada de irritados tordos, que llamados por mamá tordo, venían en concierto a recuperar al pichoncito. La enorme sombra iba bajando y el volumen de sus gritos subiendo. Eran cien o doscientos, eran más de los que nunca había visto juntos. Venían decididos a vencer a Daniel, con las armas que la naturaleza les dio: sus alas, sus picos, sus gritos, y sobretodo su vuelo organizado y temerario.
Entre todos ellos, destacaba volando con osadía mamá torda, que se acercaba más que ninguno, ahora a unos centímetros de la cara de Daniel. ¡Las puntas de su pico estaban a punto de llegar a los ojos de Daniel!
Los demás tordos, uno a uno, se desprendían de la gran sombra negra para bajar por todos lados como aviones de caza hasta casi rozarlo con su cuerpo. Ante tal ataque masivo, Daniel se agachó para evitar los pájaros-proyectiles y empezó a correr hacia su casa, pues sintió que por primera vez que su vida estaba en peligro, como se lo decía su piel que se había puesto chinita. Los tordos acrecentaron sus chillidos y quizás esa fue la seña de que debían usar sus armas más mortíferas, antes de que Daniel desapareciera con su cría. Entonces, muy de acuerdo, todos empezaron a zurrar sobre Daniel un aguacero de color blanco con verde, inconfundible. Entre más corría, más lo bañaba la masa negra de tordos con sus desechos ignominiosos. Definitivamente, eso era demasiado para Daniel, quien aterrado además de zurrado, por instinto de sobrevivencia, soltó al tordito y aceleró como nunca su carrera.
Ni siquiera se dio cuenta de que viendo libre al tordito, la parvada dejó de atacarlo, para rescatar al pichón, levemente empujándolo desde abajo con sus espaldas para sostenerlo en vuelo de regreso al pino donde vivían. En cambio Daniel llegó corriendo solitario a casa, sin apenas voltear atrás, pavorizado, buscando quien lo defendiera de los ahora temibles tordos.
Entró a su casa y escuchó la voz de su papá en la cocina opinando sobre el sabor de un caldo que había preparado su mamá. Pensó que todos se burlarían de él viéndolo bañado en esas vergonzosas manchas verdiblancas, así que se fue directito al baño para lavarse, antes de que lo llamaran con todos sus hermanos a comer. Como pudo, se lavó los brazos, la cara, y todas las manchas que alcanzó a verse en el espejo. La sonora voz de su papá llamó como a diario: ¡a comer, a comer, soldaditos del cuartel!
Daniel fue adrede el último en llegar a la mesa, para tomar la silla más lejana a su papá. Se sentó sin hacer ruido, deseando que ni lo vieran, y hasta resolvió que comería sin chistar el odioso fideo que le habían servido. ¿Qué te pasa, hijo?, le preguntó su papá, que le notaba algunas manchas en su pelo y la cara descompuesta. Nada, contestó Daniel con voz quebrada. Sus hermanos y hermanas voltearon a verlo. Ya unos, ya otros, dijeron: pareces asustado, ¿te revolcaron?, ¡estás embijado! Su mamá se acercó comprensiva a él y sin decirle nada, lo acarició con amor. Daniel empezó a llorar en silencio, pero su vergüenza era tan grande que no pudo contar lo que le había pasado. Lo dieron agua y su papá ordenó que lo dejaran en paz. Su mamá debió decirle en secreto a su papá que Daniel estaba por detrás todo manchado de cacas de pájaro, y de haber visto Daniel la expresión de su papá al enterarse de eso, hubiera notado una risa contenida a la vez que consoladora.
Dijo su papá para todos: les voy a contar lo que me pasó de niño, cuando cazaba pichos, como le llamábamos en mi tierra a los tordos. Pero prométanme que no se vayan a reír de mí porque me va a dar mucha pena. Estaban unas mamás tordas en el campo abierto enseñando a volar a sus torditos, y que me pongo listo y atrapo a uno. Se me dejaron venir todos los pichos del mundo encima, encorajados, tanto que me empezaron a zurrar. ¡Que no se rían!, dijo gracioso a todos sus hijos como si estuviera enojado. ¡Me han puesto un tal susto y embijada que nunca volví a perseguirlos ni a tirarles con mi resortera! Para ese momento Daniel se había concentrado en la historia que contaba su papá, y reconfortado, recuperó su voz y su risa se unió a la de todos sus hermanos y de su mamá. ¿Deveras?, preguntó Daniel a su papá. De verdad, hijos, tanta pena me dio que esta es la primera vez que lo cuento. ¡Pero no se lo vayan a decir a nadie! Carcajeándose todos, hasta Daniel, le prometieron que lo guardarían en secreto.
Las siguientes tardes de mayo, Daniel las pasó admirado desde su ventana, cómo aprendían a volar todos los torditos de la parvada. Desde otra ventana de la cuadra, Doña Margarita se preguntaba por qué ya no veía a Daniel merodeando por el parque y se aburría al no tener nadie a quien regañar. Sólo le quedaba admirar cómo aprendían los torditos a volar, al tiempo que pasaban por las tardes de mayo niñas y niños del barrio a ofrecer flores al Santuario de la Virgen de Guadalupe.
Miguel
Mayo de 2002

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