Ahí estaba su cuerpo depositado en una plancha helada de la morgue pestilente, a la que me enviaron para verificar si el difunto era de la familia. Junto a él me plantó un empleado con su pedimento de rutina: a ver si lo identifica. Hasta ahora caigo en la cuenta de que me lanzó un reto: reconocer a un humano a partir de los despojos del encontronazo entre su cuerpo andante, con la trompa de un apurado camión urbano por Clavería.
Estaban esparcidos los restos de su boca, silenciada en la familia, usada si acaso para beber. Bien dibujadas tenía las huellas del abandono, bordeadas por overoles zurcidos de mezclilla. Atravesaban su pecho las cicatrices de regaños y reconvenciones. Hondo habían calado por sus ojos botados los ninguneos de seres a los que había dejado de mirar a su paso. Los pliegues y fracturas de sus brazos y piernas revelaban sus últimos años de vagabundeo, con los olores y el zigzag del alcoholismo. Por su ancha frente se adivinaban hermosas señas de las bendiciones de mi abuela Lupita.
Era él.
Por mi parte debía resolver el destino de su cuerpo. ¿Quién era yo a los 20 años para decidir sobre el asunto? Para entonces el tío hacía años era un ajeno en la familia. Un extraño desde muy atrás, en su silencio juvenil, sombra en el traspatio, presencia invisible y escondible en su propia casa, incógnita de la vida familiar, pintito en el arroz.
No me alcanzó el dinero para enterrarlo.
He tardado treinta y tres años en desenterrar ese recuerdo. ¿Será porque ahora empiezo a sentir cómo me van brotando las huellas del silencio?

Miguel
Mayo 16 de 2006