Jorge Valencia nos platicó un par de tallas sobre su tío Don Ernesto Azuara, inofensivo maldiciento, contumaz alegrador huasteco.
En punto medio cuete, iban tío y sobrino por la banqueta, y Don Neto, bonachón de uno ochenta de altura y más de 110 kilos, se dirigió a un desconocido visitante recién llegado a Tanquián, quien sentado platicaba con un lugareño: ¿qué están haciendo ahí hijos de la chingada?
El anfitrión, apenado, le pidió con firmeza: respete al médico, vino de paseo……. El visitante era un médico militar con pistola al cinto, que se había puesto en estado de alerta, acercando discretamente su mano al arma.
Don Neto, como si nada, en divertida parranda, continuó: ¡si el señor fuera médico, sería inteligente, cuidaría su salud y no estaría tan panzón como yo!
Soltó una gran carcajada a pleno pulmón como sólo él sabía y entre sus risotadas abiertas, y las nerviosas de los testigos de tan guasones desafíos, se alejó diciendo: ¡vámonos sobrino, estos hijos de la chingada sólo están perdiendo el tiempo, ni siquiera tienen una cerveza a mano!

La otra talla se desarrolla en un hotelucho en que pasaban la noche tío y sobrino, muy cansados tras un largo día de venta de legumbres por la Huasteca. Tan potentes eran los ronquidos de Don Neto, que Jorge tomó valor y se atrevió a decirle en una de esas que se despertó el tío, sobresaltado por sus ronquidos: tío, me da miedo que se vaya a morir en un ronquido, me espanta..
Le contestó Don Neto:
¡Nadamás no te me apendejes! Si me muero sáltale luego luego a mi cartera, no se la vayan a chingar otros mientras avisas de mi muerte.
Y siguió en su sincopado concierto nocturno, resoplando como un par de locomotoras.

Miguel
Abril de 2006