Ella llegó en el autobús de las 20 horas a la terminal Casino de la Selva de Cuernavaca. Bajó con cuatro bolsas colgando de hombros y brazos, arrastrando una maleta. Él no estaba ahí a su llegada, por lo que ella deambuló sin consuelo por minutos entre unas sombras desesperadas y otras urgidas al irse.
Vagaba ahora una ristra de bolsas y maleta, siguiendo a una mujer en derrota.
Entonces apareció él por la puerta principal, y cada una de las bolsas fueron cayendo de los brazos de ella, desparramadas en líneas de fuga. Ellos se encontraron en un abrazo intenso, interminable.

Uno tras otro fueron llegando los autobuses de las 20:10, las 20:20 y las 20:30. Ellos seguían trenzados, dejando oír a su alrededor leves murmullos y sollozos, que más y más los apretaban.

Los testigos de tan ceñido encuentro, no pudieron contenerse más:
- ¡Eso es romance!- dijo una treintona.
- Eso fue antes un abandono- replicó una cincuentona.
- Eso es contar dinero enmedio de los pobres- agregó con mirada esquiva, un envidioso treintón.
- Eso es perder el tiempo en mimos, ¡deberían pasar a la acción aquí mismo!- animó fogosa una veinteañera, mascando chicle.
- ¡Mucha ropa!- agregó un defeño.
- ¡Déjenlos en paz! Tomen a su pareja, estrújenla con el corazón antes de que se les muera- cerró la plática con pasión una anciana, que miraba hacia dentro de sí.

Para entonces, de aquel enredo frondoso de piernas, raíces, torsos, troncos, brazos, ramas, manos y hojas que formaba la pareja, apenas se diferenció un perfil en que frentes y narices se besaban.

Miguel
Cuernavaca, junio de 2006