Pianís ha llegado a un punto en la vida en que toda persona, por desconocida que sea y sin excepción, es digna de su broma, palabra cariñosa, admiración o sorpresa.

Es de mañana y va con su paso lento por el supermercado. El bebé que lleva una señora en el carrito, le merece una levantada de cejas y gran apertura de ojos, saludándolo y de paso felicitando a su madre por su futuro “superman”. Para el adulto menor que él, pero que como él batalla entre la marabunta apresurada de compradoras, tiene una broma ágil: “cuando llegue a su edad me voy a conseguir quien me haga las compras”. Eso le dice en corto, mientras lo abraza a su paso, comprensivamente.

A una niña en sus seis años la piropea, inclinándosele como a una reina: “con tu belleza de cuento de hadas y tener que hacer estas cosas mundanas de venir de compras”, haciendo él cara y voz de “no te lo mereces”. Por el corredor se hace un atorón, con dificultades pasamos, dándonos cuenta que era una mujer la que dificultaba el paso con su carrito mal puesto. "No se molesten", nos dice a los compradores atorados, "es una dama".

Quiero pensar que eso es armonía con el mundo, estar en paz con todo ser vivo y desbordadas ganas de comunicar su matutina alegría por vivir, con ese su contagioso impulso vital. Me lo dicen las caras y expresiones de sus interlocutores: niños, jóvenes, adultos, damas y caballeros. Todos ellos reaccionan con una sonrisa o palabra de agradecimiento, con una reflexión entre ellos o una manera de mirarlo amorosamente, probando que los ha tocado con su palabra. Sobretodo niñas y niños, adoptan otra postura, como levantando el cuello, más seguros de sí mismos, pareciendo decir: “soy otro”.

Miguel, 26 de agosto de 2007