A como lo describen nuestros parientes memoriosos, el tío Lupe Izquierdo Vivanco era, además de exageradamente empedernido, todo un galán. Gustaba vestir traje gris, camisa blanca, vistoso sombrero Tardán oblicuamente colocado, que en conjunto le daban elegancia a su delgadez.

Su figura era fugaz, no paraba de moverse de un lado a otro, nervioso, ágil y acomedido.

Visitaba en esa ocasión al Coronel Cipriano y a Aurorita, en la casa de Av Juárez de SLP, en tiempos en que no salían de ese cascarón sus hios Rafa y Nacho.

Diariamente, tempranito a las 6:30, el muy coqueto tío Lupe se ponía su traje y salía “a gatear”, como se le llamaba entonces al deporte nacional de chulear a cuanta empleada doméstica de buen y regular ver barría las banquetas embaldosadas sobre la Calzada de Guadalupe.

Aquella vez hizo otro tanto tío Lupe: se puso su camisa, su saco, y se acomodó el sombrero a su muy peculiar estilo, de barco a la deriva. Salió de conquista y muy cerca, a media cuadra, encontró a la primera joven en edad de merecer sus melosas proposiciones. Ella estaba de espaldas, entretenida con la escoba sobre las canteras rosas. Le lanzó su mejor anzuelo: “de la mano de una hermosa como tú cualquiera me envidiaría caminando por la alameda; paso por ti al anochecer, ¿qué te parece?

Volteó la doncella a verlo y con incontenida risita medio oculta entre sus manos, dejó caer la escoba. Eso obligó al tío Lupe a buscar en su cuerpo el origen de tan obvia burla.

¡Había salido sin pantalones de la casa! ¡¡Sus rayados calzones era todo lo que cubría unas flaquientas piernas de fideos!!

En un par de zancadas de gamo balaceado llegó de regreso a casa del Coronel, sin voltear para nada, como mula con ojeras, no lo fueran a ver otras vecinas. Tocó la puerta de fierro y desde la ventana superior, lo divisaron a escondidas Rafa y Nacho. No por eso le abrieron, haciéndose un buen rato los ángeles dormidos.

Dicen que de ahí salió el dicho: “ para aprender a gatear, uno se ha de preparar”.

Miguel, 27 de diciembre de 2007